VERDAD Y FICCIÓN

Actualizado: 4 de dic de 2018

En un intercambio epistolar honesto y electrizante el escritor J.M.Coetzee y la psicoanalista Arabella Kurtz discuten sobre la verdad, la ficción y la utilidad de estos conceptos en el psicoanálisis, la literatura y la historia.


«Las historias que nos contamos a nosotros mismos puede que no sean ciertas pero es lo único que tenemos. Me interesa la relación que mantenemos con estas historias, sean o no sean ciertas.» Ésta es la premisa de la que parte Coetzee para proponerle a Kurtz dialogar sobre la inclinación humana a elaborar historias.


Mientras el escritor trabaja en soledad y se responsabiliza únicamente del relato que cuenta, la terapeuta colabora con el paciente para contar la historia de su vida y así poder destapar la «verdad».


Coetzee se pregunta si para construir una buena historia de la propia vida, es necesario exponer lo que entendemos como ‘verdad’, o si más bien tenemos que hacer una selección de aquello que creemos que ha tenido más importancia, resaltando las partes de más expectación y olvidando el resto. «¿Somos autores conscientes de la historia de nuestras vidas, o simplemente voces que emiten palabras desde el interior?»


Como respuesta, Kurtz expone que la tarea del psicoanálisis sería tratar de explicar la verdad más profunda, o de encontrar y analizar las resistencias hacia esta verdad, de manera que la historia de una persona pueda surgir en un momento de su vida; teniendo en cuenta que la historia personal es un proceso continuo a lo largo de nuestra vida y que la visión que tendrá una misma persona siendo adolescente o adulta será distinta a la hora de explicarla.


El escritor continúa, preguntándole a la terapeuta qué es lo que la impulsa a querer que el paciente afronte la propia verdad, en lugar de que colabore con ella a crear una historia con suficiente base – de ficción, tal vez – que le ayude a sentirse bien consigo mismo y a salir al mundo y ser capaz de volver a amar y trabajar. Si la verdad a la que hay que enfrentarse se hace insoportable, ¿porque no «crear una especie de consenso social para no complicarnos la vida y unirnos todos para reafirmar fantasías mutuas?» Si el objetivo de la terapia es liberar al paciente, ponerlo en marcha de nuevo, ¿es la verdad la única vía para ser libre? ¿no funcionará igual de bien una versión de la verdad que tal vez no sea tan exhaustiva, hecha a medida de las necesidades del momento actual del paciente?


A lo que Kurtz responde que la construcción de una historia de la propia vida como la que describe el escritor resultaría completamente frágil y propensa a desmontarse sola. La actividad del psicoanálisis se podría describir como la combinación de una escucha con atención y unos comentarios selectivos, centrados en esos aspectos de la vida personal del paciente que parecen menos sólidos, o que sugieren la posibilidad que salga a la luz una historia enterrada y más convincente. Abrirse paso a través de los relatos que enmascaran para encontrar uno más verídico. Y para esta tarea Kurts afirma que lo que los psicoterapeutas pueden aprender de los escritores es que la mejor manera de acercarse a algo que es verdadero, es utilizando la creatividad, o por lo menos desviándose de lo que está establecido y aceptado como ‘verdad’ de forma no crítica a nuestra realidad colectiva y compartida.


Coetzee concluye que en toda interpretación de una historia está la parte que rememoramos y la parte que dejamos fuera, la cual puede ser tan grande e importante como la que usamos para el relato, a pesar que digamos que lo dejamos fuera porque no tiene relevancia. Y que entiende que el terapeuta tiene que ir más allá y promover la libertad del paciente para que pueda ser dueño de su propia biografía; y que esta sensación de dominio o libertad y lo que esto le permita obtener, puede acabar siendo más importante que la historia en sí.


La cuestión sería, se pregunta el autor, si realmente «queremos movernos en una sociedad donde todo el mundo se sienta dotado de poder para ser quien quiera ser, a base de representar los mitos personales (verdades poéticas) construidos por uno mismo. ¿confiamos en que la imaginación humana es una fuerza inevitablemente orientada al bien? Por un lado es alarmante la perspectiva de un mundo donde la idea de libertad de actuación de la gente incluya libertad para reconstruir historias personales siempre y sin miedo a sanciones. Por otro lado, si a una persona que es profundamente infeliz la podemos mejorar animándola a que revise la historia de su vida, dándole un giro positivo ¿quién podría oponerse? En el primer caso creo que la verdad importa, en el segundo menos.»



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